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El silencio del infinito, la calma inquietante en la obra de Kusama

A través de sus obras como Infinity mirrored room — Filled with the brilliance of life y Chandelier of grief, Yayoi Kusama nos sumerge en un espacio donde lo efímero y lo eterno coexisten. En sus instalaciones, el dolor se convierte en belleza y la fragilidad humana se funde con la vastedad del infinito. Kusama logra que nos enfrentemos a la belleza de lo que es transitorio, mientras nos invita a reflexionar sobre lo eterno, llevándonos a experimentar una sensación de asombro ante lo inabarcable y una comprensión profunda de la conexión entre vida, muerte y lo que permanece más allá de nuestra existencia.


Por Paola Navarro



La obra de Yayoi Kusama ha creado un rincón singular en el arte contemporáneo: un espacio donde el espectador no solo observa, sino que se sumerge en un universo que revela las dimensiones más profundas de la existencia. En piezas como Infinity mirrored room — Filled with the brilliance of life y Chandelier of grief, Kusama no solo instala espejos o luces; más bien, edifica arquitecturas del alma, pasajes internos hacia preguntas fundamentales: ¿qué significa ser parte del infinito? ¿Cómo se atraviesa el duelo? ¿Puede el dolor transformarse en belleza?

Infinity Mirrored Room — Filled with the Brilliance of Life nos ofrece un paisaje que parece no tener fin, gracias al uso de los espejos. Kusama emplea los reflejos no solo como un truco visual, sino como una metáfora vibrante del tiempo que se desborda, del yo que se multiplica, del instante que se diluye en un océano de momentos o pensamientos idénticos. Al enfrentarnos a esta habitación, experimentamos una pausa involuntaria: una invitación a dejar el pensamiento lineal y, en su lugar, flotar en la inmensidad. Existir.

Por otro lado, Chandelier of Grief nos lleva a un sentimiento más íntimo y conmovedor. A simple vista, el candelabro de cristal giratorio parece un objeto de belleza clásica, elegante y familiar. Sin embargo, el movimiento repetitivo, las luces pulsantes y la multiplicación de su imagen en los espejos generan una experiencia que roza lo hipnótico y lo inquietante. Kusama sugiere que el duelo, al igual que el giro interminable del candelabro, es cíclico, incontrolable, y encierra una belleza inesperada en su continua repetición. El dolor, nos dice Kusama, no solo destruye; también transforma.

La idea de que el dolor puede ser una forma de transformación se vuelve más clara cuando entendemos que, solo cuando el dolor es profundo —y no solo lo sentimos, sino que somos plenamente conscientes de él—, es capaz de provocar un cambio radical en cómo percibimos la vida y a nosotros mismos.

Mediante la repetición y el ciclo del candelabro de cristal, nos sugiere que el duelo no es solo una pérdida o un proceso destructivo, sino también un camino hacia algo nuevo. El giro repetitivo, aunque parezca interminable, nos recuerda que la vida y el dolor son cíclicos; no se detienen ni desaparecen, sino que nos empujan hacia una nueva comprensión de nuestra vulnerabilidad y resistencia.

La multiplicación de imágenes en los espejos simboliza cómo el dolor, reflejado y revisitado, puede llevarnos a un lugar de aceptación y belleza transformadora. Al igual que el ciclo del candelabro sigue sin cesar, el dolor puede persistir, pero nos invita a encontrar sentido y crecimiento en nuestra capacidad para afrontarlo, aceptarlo y, eventualmente, aprender de él.

Kusama, entonces, no solo presenta el dolor como algo que nos consume o destruye, sino como un proceso que puede abrirnos a nuevas perspectivas sobre la vida, el amor, la muerte y la belleza. El dolor transforma nuestra visión del mundo y nos permite descubrir una belleza inesperada en lo que inicialmente parece un lugar oscuro y sin esperanza.


Imagen de Chandelier of grief, de Yayoi Kusama, tomada del sitio web de la Tate.



Acercarse a estas obras, incluso a través de imágenes, despierta sentimientos de paz y asombro. Es impresionante cómo Kusama, con estructuras aparentemente simples —espejos, luces, movimiento—, logra transmitir experiencias emocionales tan complejas. En lugar de temer a la infinitud, como podría esperarse, sus obras ofrecen una reconciliación: aceptamos nuestra pequeñez en el universo no como tragedia, sino como belleza.

Kusama sabe crear atmósferas donde cada persona pueda experimentar de manera única. Esa capacidad de hacer de lo íntimo algo universal es uno de los mayores logros de su trabajo: sin necesidad de complicaciones excesivas, logra que el espectador no solo observe, sino que sienta, viva, recuerde y, de algún modo, se transforme.

Además, desplaza el foco del objeto artístico hacia la experiencia subjetiva del espectador. El arte ya no reside en el objeto en sí, sino en lo que despierta en quien lo contempla. Esta perspectiva responde a la necesidad actual de un arte que no imponga significados, sino que habilite encuentros.

Kusama es una artista japonesa (1929) cuya vida ha estado marcada por el dolor psicológico. A lo largo de su existencia ha experimentado alucinaciones visuales y auditivas, así como un profundo aislamiento. Estas experiencias se transformaron en el lenguaje visual de su arte. Diagnosticada con trastorno obsesivo-compulsivo, psicosis y episodios cercanos a la esquizofrenia, optó por vivir en un hospital psiquiátrico, buscando un espacio de paz y sanación. Su obra se puede leer como un intento de construir espacios de salvación a partir de esos mismos abismos interiores. En sus cuartos de espejos, la repetición infinita no anula al individuo: lo disuelve en la totalidad. Hay en ello una profunda espiritualidad, una especie de reconciliación entre la soledad radical del yo y la comunión silenciosa con el todo.

En este sentido, tanto Infinity mirrored room — Filled with the brilliance of life como Chandelier of grief no son solo instalaciones visuales: son espacios de contemplación y redención, donde el dolor y la belleza se entrelazan en un equilibrio frágil pero luminoso.

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