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El Brutalista como herramienta de propaganda

El sionismo se incrusta en nuestras experiencias estéticas a través de producciones cinematográficas, sobre todo, desde el 7 de octubre del 2023, inicio de una cadena de masacres en Gaza.

Por Ámbar Ceseña



 

El brutalista, una película que se estrenó en las salas de cine en 2024, dirigida por Brady Corbet y coescrita con Mona Fastvold, narra la historia de László Tóth, un arquitecto judío-húngaro, interpretado por el actor Adrien Brody, que sobrevive al Holocausto, y luego emigra a los Estados Unidos en la posguerra para reconstruir su vida, su carrera y su familia. En EU, Tóth se instala en Pensilvania, donde empieza un trabajo de diseñador de muebles, con su primo Attila y eventualmente es contratado por un empresario adinerado, Harrison Lee Van Buren, interpretado por Guy Pearce, para diseñar un centro comunitario y una capilla cristiana.


La película se divide en dos partes, y tiene una pausa de 15 minutos a la mitad durante la cual transcurren varias décadas. En la primera mitad muestra la llegada, el asentamiento, la asunción de identidad como arquitecto inmigrante; en la segunda mitad se habla más de la tensión entre la obra artística de Tóth, su éxito y sus problemas personales, familiares y existenciales, incluyendo el antisemitismo de la época. Visualmente la cinta ha sido muy elogiada por el diseño de producción, la recreación del estilo brutalista, la actuación de Brody y la ambientación de época; ganó diversos premios, como en los Oscar, donde estuvo nominada a 10 premios y ganó tres: fotografía, actor principal y banda sonora.

Al inicio, se entiende que gira en torno al movimiento estético del brutalismo —derivado del término francés béton brut, “hormigón crudo”—  como estilo arquitectónico; la obra de Tóth, sus edificios, su estilo de formas y el uso de materiales expuestos funcionan como la proyección de su trauma, su exilio, la violencia vivida y la promesa de una arquitectura, e identidad, que resista el paso del tiempo. La película exhibe esa tensión entre una obra que pretende trascender y una arquitectura que termina siendo monumento, objeto de poder, símbolo de estatus; el brutalismo no es solo una estética, es un signo de resistencia, de exposición, de honestidad frente a la superficie.


Aquí entramos al conflicto guía de mi crítica. Aunque la película no declara explícitamente un mensaje sionista o pro-Israel, se pueden observar ciertos elementos simbólicos que deben ser examinados en el contexto de los últimos dos años, cuando Israel agravó la violencia hacia el pueblo palestino, cometiendo un genocidio moderno, un nuevo holocusto.

La historia de Tóth, judío húngaro, sobreviviente del Holocausto, emigrante a EU, sin duda habla del trauma del antisemitismo, el exilio y la búsqueda de un nuevo hogar. Esta narrativa ha sido también parte del discurso sionista: la idea de un pueblo perseguido que reclama su derecho a un territorio, a una identidad. La película sitúa al protagonista en Estados Unidos como un destino redentor, para luego migrar de nuevo a un Estado en crecimiento, el Estado de Israel, dejando un mensaje implícito entre la conexión y potencia que tienen estos dos países, y también de la complicidad existente sobre cómo hacer que el consumidor vea solo esa perspectiva de la existencia de Israel, cómo un país que existe para proteger a un pueblo violentado. Al enfatizar solo la victimización del judío europeo y su triunfo artístico-empresarial, la película simplifica el contexto histórico y, al mismo tiempo, invisibiliza las responsabilidades globales y las consecuencias violentas y reales que ocurren desde hace más de 80 años, tras la creación del Estado sionista.

El sionismo no puede separarse de las prácticas coloniales e imperialistas: la construcción de un Estado en tierras palestinas ya pobladas, la ocupación, la expulsión y desplazamiento, la desigualdad y racismo, el robo de recursos, la negación a la existencia. Si aceptamos que la película rinde homenaje al “sobreviviente histórico” que se muda a un país donde ya no volverá a sufrir, pero no aborda el impacto de esta lógica de Estado sobre el pueblo palestino, entonces estamos frente a una narrativa propagandística e incompleta. En 2024, cuando los informes de la ONU y la Corte de la Ley Internacional describieron los actos cometidos por Israel como un genocidio contra la población de Gaza, resulta problemático presentar una película que habla, nuevamente como muchas otras, del genocidio judío, y que la solución-conclusión sea vivir en un Estado que está cometiendo un genocidio en la realidad tangible fuera de las pantallas.

El mensaje pro-Israel se hace visible: al centrar el heroísmo judío, la reconstrucción en Occidente, se insinúa un modelo de salvación que ignora otros sujetos de victimización o resistencia. El silencio sobre el sufrimiento palestino equivale a una complicidad dentro de la industria cinematográfica.

La elección de la estética brutalista como motor narrativo —edificios que resisten, que son duros, que muestran el material crudo— es poderosa. Pero esa monumentalidad puede volverse símbolo de dominación: los bloques de hormigón que se imponen en el paisaje social, cultural, histórico, pueden representar estructuras sociales que aplastan. Si la película exalta esa arquitectura sin visibilizar al contexto político, llega a glorificar la imposición.

En 2024 y en 2025, cuando se habla de Gaza, de asedios, de desplazamientos, de estructuras militares e infraestructuras que sirven al control y la supremacía, ver una película que celebra el triunfo de la existencia de Israel, sin cuestionar el papel del poder y del capital, resulta en una narrativa que aprueba modelos de colonización cultural y económica.

El protagonista construye para “una comunidad” pero, en realidad, la película y su narrativa están al servicio de un sistema de poder.

Dada la complejidad del momento histórico, el sufrimiento palestino y las demandas por justicia, sería impensable que una obra de esta magnitud hablara sobre el sionismo, ignorando el otro lado, y planteando un relato: heroísmo sin conflicto, éxito sin víctimas, arquitectura sin geopolítica, imperialismo sin sufrimiento. 

La omisión no es neutral. En una época donde se documentan desplazamientos forzados, muertes civiles y asedios prolongados, que una cinta se presente como monumental sin abordar esa realidad política es un gesto para evitar el deber moral de las personas en el poder sobre el genocidio, mientras intentan hacer que el público general lo acepte de forma irreflexiva: todo siempre está en mensajes subliminales. El silencio sobre la Palestina ocupada, sobre Gaza, sobre los refugiados, sobre la lógica del poder israelí, empobrece la película ética y políticamente


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