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Entre el terror de enfrentar y negar la fe: “The Heretic, confronta a la mujer creyente con el horror de su propia fe”

En un mundo donde el beneficio de la duda se sobrepone a los hechos que pueden ser verificados, no nos es raro ni difícil juzgar la fe puesto que juzgamos y condenamos más a la persona que la acción misma.

Por Sofía Macedo



La película Heretic (2024), dirigida por Scott Beck y Bryan Woods y producida por A24, se presenta como un relato de terror psicológico donde la fe, el cuerpo y el espacio doméstico se entrelazan en una tensión de terror psicológico constante. La historia sigue a dos jóvenes misioneras mormonas que, en su intento por difundir la palabra de Dios, llegan a la casa de un hombre solitario llamado Mr. Reed, interpretado por Hugh Grant. Lo que al principio parece una visita inocente de difundir la palabra de Dios y compartir su dogma de fe, se transforma en un encierro: el hombre las confina dentro de su casa, un espacio que se deforma, que se replica sobre sí mismo hasta volverse una trampa y es irónico el inicio de esta película por una de las reglas que tenía la iglesia de las chicas es que no podía ingresar a un hogar si no había una mujer presente y Mr. Reed les comenta que su esposa está en la cocina preparando el almuerzo, una de las chicas no parece estar convencida y no se siente confiada en entrar a la casa mientras que su amiga le recuerda que todos son dignos de recibir el mensaje de Dios y es por ello que convenza a su amiga de entrar a la casa. Al estar en la casa, la chica le cuestiona a Mr.Reed que donde esta su esposa y que si es posible que pueda salir a saludarlas de lo contrario tendrán que partir de la casa.

Esta escena en la película es un bastante cautivo juego de lo que sucede en la realidad, la sublime pelea a la que todos en la sociedad nos vemos sumergidos y es donde lo objetivo y subjetivo compiten por quien tiene más territorio en las perosnas. Para unos es difícil entender que entraran a una casa sin comprobar si realmente había una señora, pero es lo mismo cuando uno va a la iglesia, Dios no está en la entrada, saludandote de la mano, ambas situaciones nos plantean como es que tiene mas poder lo subjetivo que objetivo, por que si la opinión no tuviera tanto peso, esta sociedad no nos catigaría por pensar diferente a lo que se nos enseño a ser lo correcto. 

La espacialidad de la casa toma un rol claustrofóbico recuerda la idea de Gastón Bachelard, para quien “la casa es nuestro rincón del mundo, nuestro primer universo” ( La poética del espacio , 1957); aquí, ese universo se ha convertido en un infierno. Solo basto con la acción de un hombre para que nuestros protagonistas se desmoronen y rompan lo que un día conociron como su hogar seguro.

Por que la posibilidad de sobrevivir no depende de su captor si no en ellas, en el estar dispuestas a condenar y cuestionar su dogma. La fe, se convierte en lo único que las llevó a estar ahí adentro en primer lugar, al igual que lo que les podría ayudar a escapar, y su salvación está en el acto de desafiar su fe, de mirar lo intangible hasta despojarlo de su poder. Y algo que no comprendemos hasta que vemos el final de la película es que ellas; de lo que tenían que escapar era de aquella cárcel simbólica: está en ellas, en liberarse de las narrativas de culpa que el poder religioso impone sobre el cuerpo femenino, escapar más no slavarse. 

El tono del filme es lento, casi hipnótico, dejando que los sonidos del entorno —el crujir de la madera del piso al caminarla, el suspiro del viento— construyen la tensión poco a poco; el espacio acogedor de la casa pasa a ser incómodo.

La religión y la locura se entrelazan en un mismo gesto: el de buscar sentido en medio del caos. Aquí, el terror no destruye a los protagonistas; las transforman. Desafiar la fe no es renunciar a ella, sino reapropiarse del poder de creer desde el cuerpo propio. Como diría Judith Butler, “el cuerpo es un campo de significados culturales que puede ser reescrito” ( Cuerpos que importan , 1993). En este gesto de reescritura, el cuerpo se vuelve territorio de resistencia y revelación: un espacio donde lo divino y lo profano coexisten, la herida se convierte en símbolo de locura, un lenguaje de emancipación. Así, la fe deja de ser obediencia para ser verdad íntima.


Citas:
• Beck, Scott y Woods, Bryan (dirs.).
El hereje . A24, 2024.
• Bachelard, Gastón.
La poética del espacio . México: FCE, 1957.
• Mayordomo, Judith.
Cuerpos que importan . Buenos Aires: Paidós, 1993.
• Foucault, Michel.
Vigilar y castigar . París: Gallimard, 1975.
• Kristeva, Julia.
Poderes del horror: un ensayo sobre la abyección . Prensa de la Universidad de Columbia, 1980.
• Sontag, Susan.
Contra la interpretación . Nueva York: Farrar, Straus y Giroux, 1966.

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